LIBRO DE MATEO
Lección 67, Capítulo 19 y 20
En el capítulo 19 de Mateo encontramos la historia del hombre rico que le preguntó a Yeshua cómo podía obtener la vida eterna. Encontramos esta misma historia también en Marcos y Lucas, con solo pequeñas diferencias. Volvamos a leerla.
VOLVER A LEER MATEO 19:16 – 22
Ahora avancen unas pocas páginas en sus Biblias hasta el capítulo 10 de Marcos y leeremos su versión.
LEER MARCOS 10:17 – 22
La versión de Lucas es casi idéntica, palabra por palabra, a la de Marcos, así que no iremos al Evangelio de Lucas. Marcos añade un elemento de emoción que no está presente en Mateo («Yeshua, mirándolo, sintió amor por él…»), pero por lo demás es casi igual. Hablamos de esta historia la semana pasada y hoy la terminaremos, así que haré un breve repaso.
Cuando un cristiano moderno lee las palabras «¿qué debo hacer para obtener la vida eterna?», tiene una idea definida de lo que significan, porque las doctrinas de nuestra Iglesia nos han enseñado a pensar de esa manera. Generalmente, significa que al depositar nuestra confianza en Jesús como Señor y Salvador, después de nuestra muerte física nuestras almas y, en algún momento, nuestros cuerpos transformados tendrán una vida eterna placentera en perfecta armonía con Dios (y esto, por supuesto, es cierto). Sin embargo, debemos tener cuidado de no proyectar esa comprensión doctrinal sobre este pasaje, porque no puede ser lo que estaba pensando el joven que se acercó a Yeshua. Por una parte, el conocimiento de que Yeshua es el Mesías era en ese momento un secreto cuidadosamente guardado entre los 12 discípulos por orden de su Maestro. Por otra parte, la idea de que Yeshua iría a la cruz y que, mediante Su muerte, se haría expiación por ellos, lo cual conduciría a la vida eterna en la presencia de Dios, todavía no se había presentado en ninguna parte ni estaba presente en la tradición judía predominante. De hecho, no hay evidencia de que, en este punto, los 12 discípulos estuvieran pensando de esa manera acerca de lo que significaba que su Maestro fuera el Mesías. Por tanto, este joven rico tenía que estar pensando en otros términos, quizá en alguna manera indefinida de vivir más allá de la duración normal de la vida que también implicara conservar su riqueza y posición social. Así que simplemente buscaba la respuesta a una pregunta que lo inquietaba, formulándosela a un sabio hombre santo; no es que considerara que, de alguna manera, Jesús sería quien facilitaría su vida eterna o formaría parte de ella.
Así pues, Yeshua responde a la pregunta del hombre de una manera bastante directa, plenamente dentro del contexto judío y de la forma de pensar de la época, diciéndole que obedezca los mandamientos de la Torah. Menciona específicamente los mandamientos de la segunda tabla; es decir, los mandamientos dados a Moisés en el monte Sinaí que tenían que ver con las relaciones interpersonales. Aunque no se incluye en el Evangelio de Mateo, Marcos y Lucas dicen que el joven respondió que había obedecido esos mandamientos desde niño, dando a entender que incluso antes de llegar a la edad de responsabilidad había observado la Torah sin falta (al menos según su propia opinión). Como el joven creía haber guardado perfectamente los mandamientos, pregunta qué más debe hacer, y Yeshua responde que debe vender todas sus posesiones y dar el producto de la venta a los pobres.
Lo que sucede es que, en la cultura judía, dar limosna (caridad) se consideraba una gran virtud, y se esperaba que los ricos fueran muy visibles al dar limosna. En cierto sentido, dar limosna se veía como un acto de generosidad que hacía aceptable (justo) que un hombre fuera rico en medio de tantas personas empobrecidas. Así que Yeshua elevó, por así decirlo, las exigencias de esa tradición judía al decir que, si el hombre iba a buscar la vida eterna mediante la obediencia perfecta a los mandamientos, entonces amar perfectamente a su prójimo significaba vender sus riquezas y entregarlo todo a los necesitados. Pero hay otro sentido desde el cual debemos considerar esta afirmación, sin intentar encontrar una forma de eludir lo que resulta evidente: el hombre preguntó cómo obtener la vida eterna y Jesús, esencialmente, le dice que obedezca la Ley de Moisés. Si eso no les sorprende un poco, entonces no están prestando atención. La primera parte de obtener la vida eterna, según Cristo, era obedecer la Ley y, específicamente, hacer buenas obras de acuerdo con los 10 Mandamientos (el temido escenario de «ganarse el Cielo mediante las obras», que tanto rechazo provoca en el cristianismo evangélico). Incluso cuando Yeshua continúa diciendo que, para obedecer más perfectamente los mandamientos en el espíritu con el que fueron concebidos, el hombre rico debería entregar todo lo que ha acumulado, esto sigue constituyendo obras y acciones para obtener la vida eterna. ¿Cómo se explica esto?
Bueno, si nos detuviéramos aquí, ciertamente resultaría confuso. ¿Dónde entra en la ecuación la gracia gratuita de Dios? Entra solamente cuando Yeshua termina Su conversación con las palabras: «entonces ven y sígueme». Por mucho que la doctrina cristiana dé a entender que la ÚNICA respuesta de Cristo a la pregunta del hombre rico sobre la vida eterna (a la que deberíamos prestar atención) fue «sígueme», eso no es en absoluto todo lo que dijo al respecto, ¿verdad? Así pues, hay 2 partes para obtener la vida eterna en la respuesta de Cristo al hombre rico. No una u otra, sino ambas. Primero: obedecer los mandamientos de Dios… especialmente mediante la realización de buenas obras… y segundo: seguir a Cristo. Todos los escritores del Nuevo Testamento escribieron, y Yeshua enseñó, en el contexto de la obediencia a la Ley de Moisés como el comienzo necesario del camino hacia la vida eterna; pero no era su culminación. Cristo era esa culminación. Durante siglos, las ramas más prominentes de la Iglesia han separado esos dos requisitos que Yeshua acaba de establecer para la vida eterna y luego han descartado el primero… obedecer la Ley. La doctrina pasó a ser que SOLO seguir a Cristo es la manera de obtener la vida eterna con Dios, y que si incluimos las obras y la obediencia a la Ley como parte de ese requisito nos convertimos en «legalistas» que intentan «ganarse el Cielo mediante las obras». La ironía es que seguir a Cristo incluye la obediencia a la Torah, como Él afirmó claramente en Mateo 5:17 – 19 y nuevamente aquí en Mateo 19:17. Los escritores del Nuevo Testamento nos exhortan a comprender que hacer lo que la Torah manda… tomar medidas concretas, realizar buenas obras y acciones… es obligatorio para quienes adoran a Yehoveh.
Pablo escribe con frecuencia sobre este tema, pero probablemente Romanos 2 y 3 sean sus explicaciones más detalladas. Los exhorto a leer íntegramente esos 2 capítulos y también a visitar TorahClass.com para el estudio de Romanos. Pero aquí tienen tan solo un par de versículos para reflexionar.
CJB Romanos 2:7-8 7 A quienes perseveran en hacer el bien buscando gloria, honor e inmortalidad, les recompensará con vida eterna. 8 Pero a quienes buscan sus propios intereses, desobedecen la verdad y obedecen al mal, les recompensará con ira y enojo.
CJB Romanos 2:13 13 Porque no son simplemente los que escuchan la Torah a quienes Dios considera justos; más bien, son los que hacen lo que dice la Torah quienes serán declarados justos ante Dios.
La versión del Rey Jacobo lo expresa de esta manera:
KJV Romanos 2:13 (Porque no son los oidores de la ley los justos delante de Dios, sino los hacedores de la ley los que serán justificados).
Jacobo, el hermano biológico de Jesús, también habla sobre el tema.
CJB Santiago 2:17-20 17 Así también, la fe por sí sola, si no va acompañada de acciones, está muerta. 18 Pero alguien dirá que tú tienes fe y yo tengo acciones. ¡Muéstrame esa fe tuya sin las acciones, y yo te mostraré mi fe mediante mis acciones! 19 ¿Crees que «Dios es uno»? ¡Muy bien! También los demonios lo creen… ¡y tiemblan de miedo al pensarlo! 20 Pero, hombre insensato, ¿quieres que se te demuestre que esa «fe» separada de las acciones es estéril?
CJB Santiago 2:24 24 Ustedes ven que una persona es declarada justa por sus acciones y no solamente por la fe.
Estos autores del Nuevo Testamento enseñan lo mismo que Yeshua le estaba enseñando al hombre rico. Las buenas obras que se derivan de seguir la Ley son importantes y constituyen el inicio del camino de fe de una persona; pero seguirlo a Él era la culminación necesaria del camino hacia la vida eterna. Una sin la otra está incompleta.
El hombre rico de nuestra historia cumplía el primer requisito, pero al rechazar a Cristo levantó un obstáculo en el camino hacia la vida eterna. Cristo le dijo que primero vendiera sus riquezas y las entregara a los pobres; y después, que lo siguiera. El hombre rico no pudo decidirse a obedecer a Jesús de todo corazón debido a lo que tendría que abandonar: su riqueza material. Entonces, ¿significa esto que las personas que tienen más de lo que necesitan deben regalarlo? ¿Es la riqueza en sí misma una señal de que no se sigue a Cristo? ¿Nos hemos encontrado con un mandato de Cristo que exige a todos Sus seguidores hacer votos de pobreza? ¿Se trata de un llamado a renunciar a lo material para tomar la cruz? Incontables personas lo han interpretado así, incluidos muchos de los primeros Padres de la Iglesia, como Orígenes y Cipriano, y personas veneradas como Francisco de Asís. Aunque los esenios de los Rollos del Mar Muerto no lo hicieron para seguir a Cristo, sí renunciaban a las posesiones materiales y compartían todo lo que tenían. Sin embargo, de ninguna manera debemos tomar la conversación de Yeshua con este hombre rico en particular como un proverbio universal sobre la riqueza. Claramente, Yeshua sabía que el obstáculo que se interponía entre este hombre rico en particular y la verdadera vida eterna era su riqueza conocida y segura. La mayoría de nosotros que hemos dicho «sí» a Cristo tuvimos algún tipo de obstáculo que debimos superar, o quizá abandonar, y así será para casi todos los que todavía no han aceptado el gran regalo que Dios nos ofrece. Quizá sea la riqueza, pero con mayor frecuencia es otra cosa.
Aun así, tanto entonces como ahora, las posesiones materiales (y especialmente cuando alguien posee grandes riquezas) pueden ser un serio obstáculo para nuestra fe, a menudo no solo por la falsa seguridad que parecen proporcionarnos, sino también por el alto precio que pagamos para adquirirlas y seguimos pagando para conservarlas. Abran nuevamente sus Biblias y volveremos a leer el resto del capítulo 19 de Mateo.
VOLVER A LEER MATEO CAPÍTULO 19:23 – final
Así pues, refiriéndose a la decisión del hombre rico de NO seguir a Cristo porque habría significado renunciar a su riqueza, Yeshua se vuelve hacia Sus discípulos y les ofrece un dicho que todos hemos escuchado innumerables veces: «Les digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios». Primero, permítanme disipar una creencia que yo mismo enseñé como verdadera hasta hace unos años, pero que desde entonces he descubierto que no lo es: que en la muralla de Jerusalén había una pequeña puerta llamada El Ojo de la Aguja, por la cual la gente podía entrar después del anochecer, y que a eso se refería Jesús. Resulta que, después de mucha investigación, no existe una buena base para tal creencia. No hay literatura antigua (judía ni de otra procedencia) que la mencione, ni evidencia física o arqueológica que la respalde. No existe una tradición judía de larga data acerca de tal puerta. Más bien, el sentido es similar al comentario de Yeshua de que una fe tan pequeña como una semilla de mostaza puede mover montañas. Es una metáfora en la que se compara lo más diminuto con lo más grande. Es decir, el camello era el animal terrestre más grande autóctono del Medio Oriente y, por supuesto, el ojo de una aguja de coser era extremadamente pequeño por diseño. Así que, dice Yeshua, para un hombre rico entrar en el Reino de los Cielos era tan difícil como que el animal terrestre más grande pasara por el diminuto orificio de una aguja… era un absurdo memorable. Pero ¿cuál era Su punto? Todo lo que Yeshua está haciendo es resumirles a Sus discípulos el resultado de la conversación que acaba de tener con el hombre rico que se marchó; una conversación que los discípulos habían presenciado. Los ricos son más propensos a aferrarse a sus riquezas que a confiar en Yeshua y en el camino desconocido que esa confianza trae consigo. Pero fíjense bien: Yeshua hablaba del grado de dificultad; no decía que la riqueza por sí misma impidiera que un hombre entrara en el Reino ni que ningún hombre rico llegaría jamás a confiar en Él.
Los discípulos, asombrados, exclaman: «Entonces, ¿quién puede ser salvo?». Esta es la imagen que se está presentando. Los ricos eran los privilegiados y, por supuesto, ocupaban las posiciones sociales más elevadas. Se les complacía, se les rendían reverencias y se les daban los mejores asientos en los banquetes e incluso en las sinagogas. Se trataba de la aristocracia judía, en la que los aristócratas estaban por encima de todos los demás y los pobres existían principalmente para servirlos. Así que, si un aristócrata rico solo en contadas ocasiones podía encontrar la forma de entrar en el Reino, los discípulos pensaban: «¿Quién podrá?». La tradición judía sostenía que la abundancia y la riqueza eran una señal inequívoca del favor divino. Deuteronomio 28 parece enseñar que la abundancia era, en efecto, una señal de bendición celestial.
CJB Deuteronomio 28:1 «Si escuchas atentamente lo que dice ADONAI tu Dios, observando y obedeciendo todos Sus mitzvot que hoy te doy, ADONAI tu Dios te elevará muy por encima de todas las naciones de la tierra; 2 y todas las siguientes bendiciones serán tuyas en abundancia, si haces lo que dice ADONAI tu Dios:»
Y los siguientes 12 versículos enumeran las increíbles bendiciones de abundancia que Dios concederá a quienes lo obedecen. Así pues, si era casi imposible que un hombre rico bendecido por Dios se salvara, ¿qué esperanza podía tener una persona pobre que no disfrutaba de semejante posición ante Dios? Ante esto, Yeshua inicialmente confirma su temor. Dice: humanamente, esto es imposible. Recuerden: la respuesta de Yeshua en ese momento no se refiere a si un hombre rico puede entrar en el Reino, sino al pensamiento de los discípulos: «Entonces, ¿quién puede?». Evidentemente, estaban pensando en su propia capacidad para obtener la vida eterna. Y, parafraseando, Su respuesta es: nadie. Sin embargo, hay esperanza. Jesús concluye esa idea diciendo: pero para Dios todo es posible. Quiero ser claro: Cristo no está diciendo que el atributo de omnipotencia de Dios garantice de algún modo la salvación de todos los judíos ni, mucho menos, de todos los seres humanos.
Aquí nos encontramos con la palabra «salvo». El término griego es sozo. Significa ser rescatado de la destrucción o mantenerse a salvo. Pero, nuevamente, no proyecten sobre las palabras de los discípulos el significado cristiano habitual de que ser salvo significa que nuestros pecados sean perdonados (lo cual, por supuesto, es cierto). De ninguna manera estaban pensando los discípulos en esos términos. Para ellos, el Reino de los Cielos era un lugar de protección y seguridad en la tierra, así que querían entrar… desesperadamente. Para ellos, eso era la salvación. Y puesto que Yeshua acababa de decirle al hombre rico que se deshiciera de todo como requisito previo para entrar en el Reino (lo que también estaba relacionado, de alguna manera indefinida, con la vida eterna), Pedro pregunta: «Si nosotros, que hemos dejado todo (como acabas de indicar) y te hemos seguido (precisamente lo que el hombre rico se negó a hacer), entonces, ¿qué tendremos?». Es decir, ¿cuál será el resultado de nuestra lealtad a Yeshua? ¿Cuál es nuestra recompensa por entregarnos por completo? Yeshua continúa respondiendo mediante un escenario de los Tiempos del Fin, introduciendo al Hijo del Hombre de Daniel sentado en Su trono.
No puedo enfatizarlo lo suficiente. Yeshua ahora está proyectando algo que ocurrirá mucho tiempo después, en el futuro de Sus discípulos, lo hayan comprendido ellos o no. Y de Su enseñanza quizá podamos aprender algo sobre el orden de los acontecimientos de los Tiempos del Fin. Él dice que cuando se siente en Su trono será en la era de un mundo regenerado (creado nuevamente), y que, al mismo tiempo, los 12 discípulos también se sentarán en sus tronos como jueces sobre las tribus de Israel. Esto significa «jueces» en el sentido de los jueces de la antigüedad, como una clase gobernante, no jueces en el sentido de declarar culpables a las personas y condenarlas. Por lo tanto, probablemente no se esté hablando de algo que suceda siquiera durante la era del Reino Milenial, sino de lo que viene después, cuando la tierra sea destruida y creada nuevamente.
CJB Apocalipsis 21:1 Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el cielo anterior y la tierra anterior habían desaparecido, y el mar ya no existía. 2 También vi la ciudad santa, la Nueva Yerushalayim, que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una novia bellamente vestida para su esposo. 3 Oí una voz fuerte que decía desde el trono: «¡Miren! La Sh'khinah de Dios está con la humanidad, y Él vivirá con ellos. Ellos serán Su pueblo, y Él mismo, Dios-con-ellos, será su Dios».
Unos versículos más adelante, en Apocalipsis 21, leemos acerca de Dios y Yeshua sentados en tronos, y de la ciudad de Jerusalén, que tiene 12 puertas, cada una con el nombre de una de las 12 tribus. Esto podría dar a entender la presencia de los 12 discípulos como los 12 jueces sobre las 12 tribus, sentados en sus tronos tal como Yeshua acaba de prometer, dado que esto tiene lugar dentro de la ciudad israelita de Jerusalén.
Así que la respuesta que Jesús le da a Pedro es que los 12 discípulos que lo dejaron todo para seguir a Yeshua serán recompensados al final con más de lo imaginable en esta era presente, en esta tierra actual. Sin embargo, Yeshua matiza esto diciendo que todos (no solamente los 12 discípulos) los que hayan dejado todo y, si fuera necesario, a todos atrás para seguir a Cristo recibirán 100 veces más (siendo «100 veces más» una figura retórica y no una cifra exacta de multiplicación).
Quizá una de las cosas más maravillosas que nosotros, como adoradores de Dios, seguidores de Jesús y estudiantes de la Santa Palabra, debemos extraer de las promesas de Cristo a Sus discípulos y a Sus seguidores judíos es que Israel tiene un futuro. Incluso un futuro glorioso por toda la eternidad. Los Profetas también hablan de ello, aunque durante 1700 años la Iglesia ha dicho que Dios transfirió ese futuro glorioso de Israel a la Iglesia gentil. Hermanos y hermanas, Dios no ha terminado con Israel ni ha entregado sus bendiciones a la Iglesia gentil, como algunos proponen. En su Evangelio, Mateo considera que el Reino de los Cielos trata principalmente de 2 cosas: el Mesías Yeshua y la restauración de Israel. En términos académicos, el Evangelio de Mateo presenta una visión del mundo centrada en Israel. La pregunta para nosotros es: ¿Mateo ve lo que ha registrado en un nivel o en dos? Es decir, ¿considera a Jesús y a un Israel regenerado como una Edad de Oro renacida, física y tangible, de Israel con su Rey judío Mesías (otro rey David), que constituía la esperanza y expectativa judía de siglos? ¿O lo considera algo que ocurrirá mucho más adelante, en los Tiempos del Fin? ¿O lo ve de ambas maneras? Mi opinión es que Mateo tiene principalmente la visión judía tradicional del mundo, centrada en la tierra y en Israel, pero fue lo suficientemente honesto y obediente para escribir, mediante inspiración divina, cosas que no entendía ni podía comprender en el siglo I. Cosas que nosotros hoy comprendemos mejor porque ha transcurrido más tiempo y más historia.
Las palabras finales de este capítulo prevén una vez más uno de los interesantes paradigmas sobre el Reino de los Cielos que Yeshua ha estado enseñando: una inversión de las fortunas. Las dinámicas económicas y sociales de hoy no seguirán siendo las mismas en el Reino. En el Reino de los Cielos, los primeros de la era actual serán los últimos en el Reino y los últimos de la era actual serán los primeros en el Reino. Quienes entren en el Reino de los Cielos sin nada porque lo entregaron todo para estar allí serán recompensados con la posición más elevada. Quienes poseen la posición más alta en la tierra (los primeros), pero eligen poner su fe en la seguridad de sus riquezas y su poder, serán relegados al último lugar… en este caso, los últimos quedarán fuera del Reino, mirando hacia adentro.
Pasemos ahora al capítulo 20.
LEER MATEO CAPÍTULO 20 completo
El capítulo comienza con una parábola verdaderamente fascinante. Y, como de costumbre, la parábola trata de explicar a los judíos que escuchaban a Yeshua cómo es el Reino de los Cielos. Así que inventa una historia totalmente ficticia para enseñarles. Sin embargo, aunque las parábolas fueran ficticias, a menudo trataban asuntos de la vida cotidiana, como sucede con esta.
Jesús sitúa Su parábola en un entorno agrícola, algo familiar que todos los que lo seguían comprenderían. Sin embargo, para que nosotros, los del siglo XXI, la comprendamos, tendré que explicar algunos matices que no necesitaban explicación para Su audiencia porque eran de conocimiento general y, por eso, no se mencionaban. Un agricultor solía ser propietario de tierras y, por tanto, un hombre acomodado (no necesariamente rico, pero sin duda en una posición a la que la mayoría de los judíos habría aspirado). Este agricultor tenía un viñedo y se da a entender que era necesario cosechar las uvas porque seguía contratando urgentemente a más trabajadores conforme avanzaba el día. Las uvas tenían un período muy breve en el que debían recogerse. Un día demasiado pronto o un día demasiado tarde no solo reducía la cosecha, sino que perjudicaba la calidad de las uvas, de modo que no obtenían un precio tan bueno en el mercado.
El viñedo era un símbolo familiar de Israel que puede encontrarse en diversos lugares del Antiguo Testamento, como Isaías 5 y Jeremías 12. Esto habría resultado evidente para los seguidores de Cristo, por lo que habrían entendido que Israel, representado por el viñedo, ocupaba el centro de la parábola.
El agricultor salió a buscar trabajadores cerca del amanecer y les ofreció un denario para cosechar su cultivo. Este era el salario habitual de un jornalero; no se consideraba ni demasiado poco ni demasiado, sino justo. Unas 3 horas después debió de necesitar más trabajadores, así que regresó a la plaza del mercado. Vio a algunos hombres que estaban de pie sin hacer nada y les dijo que fueran al viñedo. No les dijo cuánto les pagaría… solamente que sería una cantidad justa. En ese momento, cualquier oyente pensaría que sería algo menos del denario que pagaba al primer grupo, porque el segundo trabajaría menos horas. Pasan otras 3 horas y el agricultor repite el proceso; luego vuelve a hacerlo a media tarde. Finalmente, cuando solo queda una hora de luz para la cosecha, regresa una vez más a la plaza del mercado, encuentra a más hombres que habían pasado todo el día de pie sin hacer nada y, en esencia, les pregunta: «¿Por qué no están trabajando?». Ellos respondieron: «Porque nadie nos contrató». Así que los contrata y los envía a su viñedo.
Para un lector del siglo XXI, parte de la descripción de aquellos hombres que estaban de pie sin hacer nada da la impresión de que son perezosos, que no tienen demasiado interés en trabajar y que hubo que convencerlos, por así decirlo, de ir al viñedo del agricultor; pero no es así. Los agricultores no tenían cuadrillas permanentes de hombres que trabajaran para ellos, y el trabajador común promedio no tenía un empleo estable. Más bien, estos hombres, que ocupaban el escalón más bajo de la escala económica, acudían a un lugar habitual y esperaban allí todo el día con la esperanza de que alguien llegara a contratarlos para esa jornada. En términos generales, si no conseguían algún trabajo, sus familias comían muy mal o no comían nada esa noche. Incluso si no trabajaban un día completo y, por tanto, recibían considerablemente menos dinero, era mejor que nada. Así pues, al contratar a algunos trabajadores aunque fuera solo por una o dos horas, estos podían conseguir lo suficiente para alimentar a sus familias con una comida escasa.
Otro matiz que habría llamado la atención de los oyentes judíos es que era el propio agricultor quien realizaba las contrataciones. Un propietario de tierras normalmente tenía un administrador de su casa que se encargaba de una tarea tan rutinaria como contratar a unos trabajadores no especializados para trabajar en los campos durante unas horas. En cambio, en la parábola de Yeshua, el agricultor se interesó personalmente e hizo él mismo la selección y contratación.
En el versículo 8 termina el día y llega el momento de pagar a los trabajadores. En este caso, el agricultor que los había contratado encarga a su administrador la tarea de repartir los salarios, aunque el agricultor también acude para observar. Además, indica a su administrador que pague primero a los últimos contratados y que a los primeros contratados les pague al final. ¡Y resulta que los hombres que habían trabajado solamente una hora recibieron un denario… el salario de un día completo! A medida que los hombres recibían su pago, en orden inverso al de su contratación, finalmente les llegó el turno a los trabajadores del campo que habían sido contratados temprano por la mañana y, por tanto, habían trabajado durante toda la jornada. Como tuvieron que esperar a que todos los demás cobraran antes que ellos, se molestaron al recibir exactamente el mismo pago por sus muchas horas de esfuerzo que aquellos que apenas habían trabajado. Les pareció completamente injusto y se quejaron ante su empleador.
Imagino que los oyentes de Yeshua probablemente se identificaron con los trabajadores que protestaban, los que habían trabajado todo el día y que, ahora exhaustos, veían a quienes apenas habían sudado recibir exactamente el mismo pago. Estos trabajadores enfadados dicen que han trabajado todo el día bajo un sol abrasador y que ahora el agricultor les ha recompensado de igual manera que a quienes no lo habían hecho. Otro matiz: aunque la mayoría de las traducciones bíblicas en inglés hablan de los hombres trabajando bajo el «sol abrasador» o «el calor», en realidad la palabra griega es kauson. No solo significa un calor abrasador, un calor extremo, sino que es el término griego para la palabra hebrea chamsin. Literalmente, significa viento del este, pero en realidad es parecido a lo que llaman en el sur de California los vientos de Santana, que pueden causar muchas molestias y daños. Soplan desde el desierto seco, son muy calientes y tienen una humedad casi nula; invariablemente vienen cargados de un polvo arenoso que uno puede sentir entre los dientes. Así que no es como si los trabajadores del viñedo de la parábola hubieran estado trabajando simplemente en un típico día caluroso de verano; habían estado expuestos a una condición climática brutalmente adversa que pondría a prueba la resistencia de cualquiera.
Esta información adicional sobre el clima cruel no hace más que intensificar la cuestión de la justicia: los primeros son puestos en igualdad de condiciones con los últimos. Algunos lo llamarían injusto. El agricultor responde a quienes protestan sin ninguna simpatía ni comprensión, diciendo: ¿acaso no les di lo que dije que les daría? ¿Qué tiene eso de injusto? Que haya decidido darles a los últimos trabajadores contratados la misma cantidad que les pagué a ustedes no es asunto suyo. ¿Acaso no es este mi viñedo y mi dinero, y no tengo derecho a elegir ser generoso con quien yo decida?
La parábola de Jesús termina con estas palabras: «Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos». Ahora ya hemos tenido algunos ejemplos de cómo los más grandes se convierten en los más pequeños y los primeros en los últimos para describir el cambio radical que ocurrirá cuando el Reino de los Cielos se manifieste plenamente. La pregunta que les planteo a todos es esta: ¿fue el agricultor equitativo y justo? ¿Acaso esos trabajadores no tienen una perspectiva legítima? ¿Es equitativo y justo hacer que los últimos sean primeros y los primeros sean últimos y poner a todos en igualdad de condiciones, sin importar lo poco o mucho que hayan trabajado en el viñedo del agricultor? Puedo decirles que, si somos sinceros con nosotros mismos, diremos que no: no fue justo. Trasladándonos a los tiempos modernos, si una persona que realiza una tarea igual a la de ustedes, con la misma educación y las mismas habilidades, y que trabaja justo a su lado, recibiera exactamente el mismo salario que ustedes cuando solo trabajó una octava parte de su tiempo y, por tanto, produjo apenas una octava parte de su trabajo, ¿les parecería justo? Por supuesto que no. Como seres humanos, instintivamente hacemos ese tipo de comparaciones relativas entre nosotros. Puede que la justicia dependa del punto de vista de quien la juzga, pero, sea cual sea el criterio que tengamos en mente, todos la buscamos y no nos gusta cuando nuestro criterio no se cumple. Sin duda, esa habría sido la misma conclusión de los judíos del siglo I que escucharon esta parábola directamente de boca de Yeshua. De hecho, la parábola estaba diseñada para captar la atención de sus oyentes y luego sorprenderlos por lo que hizo aquel agricultor.
Entonces, puesto que una parábola tiene una sola enseñanza moral, ¿cuál es la enseñanza de esta? Es que en el Reino de los Cielos prevalecerá la idea de justicia de Dios y nuestra idea de justicia será sustituida. Ocurrirá una inversión de las normas y de la posición social. El Reino de los Cielos funcionará al revés de lo que estamos acostumbrados en esta era presente. Eso significa que, en muchos sentidos, el agricultor, el dueño del viñedo, que debe representar al rey del Reino de los Cielos (que es Dios), tiene un criterio de justicia y equidad opuesto a la manera en que los seres humanos y este mundo lo evalúan naturalmente. Es en este sentido que los últimos serán primeros y los primeros serán últimos en el Reino de los Cielos.
Ahora bien, probablemente podríamos adoptar el enfoque cristiano más convencional y convertir esta parábola en una docena o más de alegorías para atribuir significados importantes a cada uno de los diversos elementos de esta historia. Y muchas de esas alegorías podrían, en efecto, expresar algo bueno y verdadero. Pero eso no significa que ninguna de ellas revele el punto crucial que Jesús estaba planteando ni cómo lo comprendía Su público judío del siglo I y, por tanto, cómo debemos comprenderlo nosotros. Cuando finalmente logramos entender que el punto que Yeshua ha estado planteando es que el criterio humano de justicia y equidad de la era presente, junto con la posición social y el valor de las personas, será invertido y sustituido por el criterio divino para el Reino de los Cielos, entonces sí podemos extraer razonablemente algunas suposiciones sobre cómo podría manifestarse esto. Sin embargo, debemos hacerlo con mucho cuidado para no introducir en esa suposición algo totalmente ajeno al punto central por abordar el asunto desde una perspectiva gentil del siglo XXI.
No puedo hacer nada mejor que citar un comentario de Brad Young, profesor de Estudios Bíblicos de la Universidad Oral Roberts, acerca de esta parábola en particular, para demostrar hasta qué punto un enfoque alegórico de su interpretación puede desviarse de su propósito. Él dijo lo siguiente:
En la interpretación moderna de las parábolas, la historia del Empleador Justo suele considerarse una ilustración del mensaje de la gracia en el cristianismo, que debe contrastarse con una teología de las obras en el judaísmo. La parábola del Evangelio representa la salvación por gracia, mientras que sus equivalentes judíos se refieren al mérito mediante las obras. Los que se quejan deben identificarse con los líderes judíos…..
Tendría que decir que esto resume, más o menos, la interpretación de esta parábola que me enseñaron durante toda mi vida hasta que me propuse sumergirme en un enfoque de estudio bíblico serio basado en la Herencia Hebrea, dejando a un lado siglos de doctrinas, tradiciones y tabúes creados por el hombre para permitir que la Palabra de Dios hablara por sí misma. La interpretación bastante generalizada de esta parábola dentro del cristianismo, que Brad Young acertadamente pone al descubierto, se desvía tanto de su punto central debido a la insistencia de la Iglesia en imponerle doctrinas y tradiciones que de ninguna manera reflejan la mentalidad del Cristo judío ni las realidades de Sus oyentes judíos del siglo I. No es muy diferente del difícil problema con el que Jesús lidiaba en Su época, cuando la Ley y la tradición judías habían envuelto y eclipsado tanto la verdad y la enseñanza bíblicas que las expectativas mesiánicas del pueblo judío, las normas según las cuales pensaban vivir sus vidas y su manera de concebir cómo debían ser Dios y Su Reino se habían desviado tanto del camino que corrían un grave peligro de confiar en una falsa justicia propia en lugar de confiar en su Mesías divino, lo cual solo los conduciría a una gran decepción, si no a su destrucción eterna.
Quiero insistir en esto todo lo posible para terminar esta lección, porque si son creyentes, prepárense: Cristo nos ha estado informando que la manera en que finalmente funcionará el Reino de los Cielos será sorprendentemente poco convencional en comparación con la forma en que funcionan el mundo, la Iglesia y la humanidad en general hoy en día. Muchas de nuestras definiciones actuales de equidad y justicia, que a nuestros propios ojos parecen tan correctas y normales, serán sustituidas cuando el Reino de los Cielos alcance su plenitud. Adaptarnos nosotros a las normas del Reino de Dios, y no adaptar las Suyas a las nuestras, será nuestro desafío, y quizá sería prudente comenzar ese proceso, en la medida de lo posible, ahora mismo.
Regresaremos al capítulo 20 la próxima semana, cuando la escena cambie drásticamente al comenzar Cristo Su viaje final a Jerusalén para afrontar las pruebas que le esperan.